
Empezó a lloviznar y Marten se detuvo a subirse el cuello de la cazadora para protegerse. A lo lejos pudo ver la aguja erguida del monumento a Washington. Fue la primera vez que tuvo una sensación concreta de dónde se encontraba. Washington no era sólo el interior de una habitación de la unidad de cuidados intensivos de un hospital, sino una gran metrópolis que resultaba además ser la capital de Estados Unidos de América. No había estado allí hasta ese momento, a pesar de que antes de huir a Inglaterra había pasado toda su vida en California y pudo haberla visitado. Por alguna razón, el simple hecho de estar allí le hacía sentir una profunda sensación de pertenencia, al país de uno, a la tierra natal. Era una emoción que nunca antes había experimentado y le llevó a preguntarse si algún día llegaría el momento en el que podría regresar de la vida de exiliado que vivía en Manchester.
Marten siguió andando. Mientras lo hacía, advirtió que un coche avanzaba lentamente hacia él. El hecho de que las calles estuvieran prácticamente desiertas hacía que el ritmo del vehículo pareciera extraño. Era casi la madrugada de un domingo y llovía, ¿no era más lógico que el conductor de uno de los pocos vehículos que circulaban estuviera ansioso por llegar a su destino? El coche pasó por su lado y él lo miró. El conductor era varón y difícil de describir; mediana edad y pelo oscuro. El auto avanzó y Marten observó cómo seguía calle abajo, sin cambiar de velocidad. Tal vez el tipo estuviera borracho o drogado o -de pronto, la reflexión se volvió personal-, tal vez fuera alguien que acababa de perder a un ser muy querido y no tuviera ni idea de dónde estaba o de qué estaba haciendo, aparte de simplemente avanzar.
