Por la mañana, despertó sintiendo que si hasta ayer había sido un muchacho, hoy era un hombre. Estaba dispuesto a todo. Pero cuando llegó el momento, se quedó con la boca abierta.

—El Archimago desea hablaros, Príncipe Arren —le anunció en el umbral de la celda un novicio muy joven y menudo; aguardó un instante, y luego escapó antes que Arren atinase a responderle.

Arren bajó por la escalera de la torre y atravesó los corredores de piedra buscando el camino hacia el patio de la fuente, sin saber a dónde tenía que ir. Un viejecito le salió al encuentro en el corredor, con una sonrisa que le arrugaba media cara, de la nariz al mentón: el mismo que le cerrara el paso la víspera, a la puerta de la Casa Grande, exigiéndole que dijese su nombre verdadero antes de entrar.

—Ven por aquí —dijo el Maestro Portero.

Las salas y pasadizos de esa parte del edificio estaban en silencio, libres del ajetreo y el alboroto de los muchachos que animaban el resto de la Casa Grande. Allí se sentía la vejez inmemorial de los muros. El encantamiento con que habían sido dispuestas y protegidas las antiguas piedras era allí evidente. Había runas inscritas a intervalos en los muros, tallas profundas, algunas incrustadas en plata. Arren había aprendido de su padre las Runas Hárdicas, pero de éstas no conocía ninguna, aunque algunas parecían encerrar un significado que casi conocía, o que había conocido y no podía recordar del todo.

—Has llegado, hijo —dijo el Portero, prescindiendo de títulos tales como Señor o Príncipe. Arren lo siguió al interior de una estancia larga, con un bajo techo de vigas. En uno de los extremos de la sala, en un hogar de piedra, ardía un fuego y las llamas se reflejaban en el piso de roble; en el otro extremo las ventanas ojivales dejaban entrar la turbia claridad de una mañana brumosa. Delante del hogar aguardaba, de pie, un grupo de hombres, pero entre ellos Arren vio a uno solo: el Archimago. Se detuvo, se inclinó, y esperó en silencio.



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