En lo alto, las buhardas de las casas se tocaban casi de acera a acera, cegando la luz; abajo, los pies resbalaban en el agua y la basura que cubrían las piedras de la calle. Liebre avanzaba a buen paso, aunque seguía arrastrando la mano a lo largo de los muros, como un ciego. Tenían que seguirlo de cerca para no perderlo en un cruce. La excitación de la caza invadió repentinamente a Arren; todos sus sentidos estaban en alerta, como en una cacería de ciervos en los bosques de Enlad; veía con vívida nitidez cada rostro que encontraban, y aspiraba el hedor dulzón de la ciudad, un olor a basura, incienso, carroña y flores. Cuando se internaron por una calle ancha y multitudinaria oyó el redoble de un tambor, y vio una fila de hombres y mujeres desnudos, encadenados unos a otros por la muñeca y la cintura, el pelo enmarañado colgando sobre los rostros; una mirada fugaz, y ya habían desaparecido, en tanto Arren descendía en pos de Liebre un tramo de escaleras que desembocaba en una plazoleta cuadrada, estrecha y desierta, excepto por unas pocas mujeres que cotilleaban junto a la fuente.

Allí Gavilán dio alcance a Liebre y le puso una mano sobre el hombro, Liebre se encogió como un animal escaldado, retrocedió tambaleándose y fue a refugiarse bajo un amplio portal. Allí se quedó temblando, mirándolos con los ojos ciegos de la presa acorralada.

—¿Te llamas Liebre? —le preguntó Gavilán, hablando con su propia voz, que era áspera de sonido pero de entonación bondadosa. El hombre no dijo nada, como si no hubiera prestado atención o no hubiese oído—. Quiero algo de ti —dijo Gavilán. De nuevo, ninguna respuesta—. Y estoy dispuesto a pagarlo.

Una lenta reacción: —¿Marfil, oro?

—Oro.

—¿Cuánto?

—El mago conoce el valor del hechizo.



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