
– ¿Por qué te ciñes tanto al pie de la letra?
– Lo ignoro.
– ¿Por qué tu marido se tiñe el pelo de color ciclamen?
– Son figuraciones tuyas, mi marido no lleva el pelo teñido de color ciclamen sino limpio, tan sólo limpio.
No es que las mujeres vulgares no tengamos historia, los hombres tampoco, las mujeres vulgares lo somos a nuestro pesar e ignoramos los más pedestres conocimientos, lo que pasa es que no sabemos contar nuestra propia historia; a las ciudades y a los pueblos les pasa lo mismo y así resulta que unos son esplendorosos y rutilantes como el Paraíso Terrenal, otros opacos y deleznables como las aburridas y cándidas ánimas del purgatorio, y aun otros anodinos y mansos como las ovejas del matadero quienes, en su dulce y suplicante (inconsciente que no deliberadamente suplicante) mirar, parecen sonreír al matarife; los cerdos son más dignos y mueren estremeciéndose, sangrando y sufriendo, sí, pero también odiando, rugiendo y blasfemando, el odio, el rugido y la blasfemia deben ir siempre más allá del testimonio e incluso del estupor.
– Proceda usted a presentarse.
– Con la venia del señor presidente. Me llamo Matilde Verdú, mi madre también se llamaba Matilde Verdú, soy hija de soltera y no me avergüenza declararlo, mi madre era adorable y hacia ella no siento sino respeto y gratitud, también admiración y lástima, mucha lástima. Soy inspectora de primera enseñanza, mi madre también lo era y tenía mucha afición al ejercicio de la literatura, sus biografías para escolares de santa Teresa de Ávila y de san Juan de la Cruz tuvieron muy buena acogida, sobre todo la segunda.
