Dale Barbara corrió para salvar la vida.

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Unos cien metros más adelante, la gran mano abrasadora se convirtió en una mano fantasma, aunque el olor a gas ardiendo -además de un hedor más dulce que debía de ser una mezcla de plástico fundido y carne chamuscada- era intenso y le llegaba en una brisa ligera. Barbie corrió otros sesenta metros, después se detuvo y dio media vuelta. Estaba sin aliento. No creía que fuera por haber corrido; no fumaba, estaba en forma (bueno… más o menos, las costillas del lado derecho todavía le dolían a causa de la paliza en el aparcamiento del Dipper's). Pensó que debía de ser por el terror y la confusión. Podrían haberlo matado los restos de la avioneta que caían del cielo -no solo la hélice fuera de control-, o podría haber muerto quemado. Que no sucediera había sido pura suerte.

Entonces vio algo que lo dejó sin respiración. Se enderezó y miró otra vez hacia el lugar del accidente. La carretera estaba cubierta de escombros; realmente era un milagro que nada le hubiera golpeado y, como poco, herido. A la derecha se veía un ala retorcida, la otra sobresalía entre las altas hierbas de la izquierda, no muy lejos de donde había ido a parar la hélice descontrolada. Además de la pierna enfundada en un pantalón vaquero azul, vio una mano y un brazo seccionados. La mano parecía estar señalando una cabeza, como diciendo «Eso es mío». Una cabeza de mujer, a juzgar por la melena. Los cables eléctricos que había junto a la carretera estaban cortados. Yacían chispeando y retorciéndose sobre el arcén.

Más allá de la cabeza y del brazo se veía el cilindro retorcido del fuselaje de la avioneta. Barbie leyó NJ3. Si antes llevaba algo más escrito, había quedado arrancado.

Sin embargo, nada de eso era lo que lo había dejado anonadado y sin respiración. La rosa Tragedia ya había desaparecido, pero el fuego seguía ardiendo en el cielo. Combustible en llamas, sin duda. Pero…



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