
¿Le he hecho yo esto? ¿De verdad he sido yo?
Sí. Había sido él. Y esa mirada fugaz le bastó para entender por qué. Esos dientes, joder. Esas hachas descomunales.
Una segunda sirena se unió a la primera, y luego una tercera, pero se alejaban. Gracias a Dios, se alejaban. Se dirigían al sur por Main Street, hacia el lugar donde habían sonado las detonaciones.
Pero Junior no se entretuvo. Se escabulló con paso furtivo por el patio trasero de los McCain sin darse cuenta de que, para cualquiera que casualmente estuviera mirando, aquello era como gritar que era culpable de algo (nadie miraba). Al otro lado de las tomateras de LaDonna había una alta valla de tablones con una puerta. Tenía un candado, pero colgaba abierto del picaporte. En todos los años que había rondado por allí cuando aún estaba creciendo, Junior jamás lo había visto cerrado.
Abrió la puerta. Al otro lado había matorrales y un sendero que conducía hasta el sordo rumor del arroyo Prestile. Una vez, cuando tenía trece años, Junior había espiado a Frank y a Angie mientras se besaban en ese sendero: ella le rodeaba el cuello con los brazos, y la mano de él le cubría un pecho. Comprendió entonces que su infancia casi había terminado.
Se inclinó y vomitó en la corriente. Los destellos del sol reflejados en el agua eran maliciosos, terribles. Entonces su visión se aclaró lo suficiente para ver el Puente de la Paz a su derecha. Los niños ya no estaban allí pescando, pero vio un par de coches de la policía que bajaban a toda velocidad por la cuesta de la plaza.
La alarma de la ciudad se había disparado. El generador del ayuntamiento se había puesto en marcha, como se suponía que debía hacer en caso de apagón, permitiendo que la alarma transmitiera su mensaje de desastre a altos decibelios. Junior gimió y se tapó los oídos.
