
No gritó porque no sintió dolor, al menos al principio. Fue demasiado rápido, repentino y limpio para que sintiera nada.
Jack Evans estaba en la cocina, batiendo unos huevos para una frittata de mediodía. Sonaba LCD Soundsystem, «North American Scum», y Jack estaba cantando cuando una voz muy débil pronunció su nombre detrás de él. Al principio no reconoció la voz de la que era su mujer desde hacía catorce años; sonaba como la voz de una niña. Pero al volverse vio que sí era Myra. Estaba de pie en el umbral, sosteniéndose el brazo derecho delante del torso. Había dejado pisadas de barro en el suelo, lo cual no era propio de ella. Normalmente se quitaba los zapatos del jardín en la entrada. La mano izquierda, cubierta por un guante de jardinero muy sucio, acunaba la derecha contra el pecho, y algo rojo se deslizaba entre los dedos embarrados. Al principio Jack pensó: Zumo de arándanos, pero solo un segundo. Era sangre. Jack soltó el cuenco que tenía en las manos. Se hizo añicos en el suelo.
Myra volvió a pronunciar su nombre con la misma voz infantil, débil y temblorosa.
– ¿Qué ha pasado? Myra, ¿qué te ha pasado?
– He tenido un accidente -dijo, y le enseñó la mano derecha.
Ni llevaba un guante de jardinero embarrado a juego con el de la izquierda, ni había mano derecha. Únicamente un muñón chorreante. Myra lo miró con una débil sonrisa y dijo «Ups». Se le pusieron los ojos en blanco. La entrepierna de sus tejanos de jardinería se oscureció cuando se le escapó la orina. Entonces se le aflojaron también las rodillas y se desplomó. La sangre que manaba de su muñeca en carne viva -un corte transversal propio de una clase de anatomía- se mezcló con los huevos batidos derramados por el suelo.
Cuando Jack se arrodilló junto a ella, un trozo del cuenco se le clavó profundamente en la rodilla. Él apenas se dio cuenta, pero cojearía de esa pierna el resto de su vida. Asió el brazo de Myra y lo apretó. El tremendo chorro de sangre que manaba de su muñeca disminuyó pero no cesó. Se quitó el cinturón y lo ató alrededor del final del antebrazo. Eso funcionó, pero no pudo apretar fuerte el cinturón; los agujeros quedaban mucho más allá de la hebilla.
