
FORASTEROS
Alice y Aidan Appleton, huérfanos de la Cúpula («Cupuérfanos»)
Thurston Marshall, hombre de letras con conocimientos médicos
Carolyn Sturges, estudiante de posgrado
PERROS DIGNOS DE SER MENCIONADOS
Horace, corgi de Julia Sumway
Clover, pastor alemán de Piper Libby
Audrey, golden retriever de los Everett
LA AVIONETA Y LA MARMOTA
1
A dos mil pies de altura, donde Claudette Sanders disfrutaba de su clase de vuelo, la pequeña localidad de Chester's Mills relucía bajo la luz de la mañana como algo recién hecho y servido. Los coches avanzaban lentamente a lo largo de Main Street entre destellos de sol. El campanario de la iglesia de la Congregación parecía lo bastante afilado para perforar el inmaculado cielo. El sol recorría la superficie del arroyo Prestile mientras el Seneca V lo sobrevolaba: avioneta y agua cruzando la ciudad a lo largo del mismo curso diagonal.
– ¡Chuck, me parece que veo a dos niños junto al Puente de la Paz! ¡Pescando! -Se sentía tan feliz que se rió.
Las clases de vuelo habían sido cortesía de su marido, que era primer concejal del pueblo. Pese a ser de la opinión de que si Dios hubiese querido que el hombre volara le habría dado alas, Andy era un hombre sumamente maleable, y al final Claudette se había salido con la suya. Había disfrutado de la experiencia desde el primer momento. Pero aquello no era mero disfrute; aquello era euforia. Ese día, por primera vez, había comprendido de verdad qué hacía que volar fuera algo tan extraordinario. Qué lo hacía tan genial.
Chuck Thompson, su instructor, movió la palanca con suavidad y después señaló el tablero de mandos.
– No lo dudo -dijo-, pero hay que volar cara arriba, Claudie, ¿vale?
– Perdón, perdón.
– No pasa nada. -Llevaba años enseñando a volar y le gustaban los alumnos como Claudie, esos que estaban ansiosos por aprender algo nuevo.
