Se detuvo y se irguió un instante sobre las patas traseras. Ya no veía tan bien como antes, pero sí lo suficiente para distinguir a un humano que caminaba en dirección a ella por el arcén contrario.

La marmota decidió que avanzaría todavía un poco más. A veces los humanos dejaban tras de sí cosas buenas para comer.

Era un animal viejo, y gordo. En sus tiempos había saqueado más de uno y más de dos cubos de la basura, y conocía el camino hasta el vertedero de Chester's Mills tan bien como los tres túneles de su madriguera; en el vertedero siempre había cosas ricas que comer. Avanzaba con el complacido bamboleo de los ancianos, vigilando al humano que caminaba por el otro lado de la carretera.

El hombre se detuvo. La marmota se dio cuenta de que la había visto. A su derecha, justo delante de ella, había un abedul caído. Se escondería ahí debajo, esperaría a que el hombre pasara y luego buscaría algo suculento que…

Los pensamientos de la marmota llegaron hasta ahí, y pudo dar tres pasitos bamboleantes más a pesar de que había quedado partida por la mitad. Después se desplomó en el borde de la carretera. La sangre salía a chorros y borbotones; las tripas se desparramaron sobre la tierra; las patas traseras dieron dos rápidas sacudidas, después quedaron inmóviles.

Lo último que pensó antes de esa oscuridad que a todos nos llega, a marmotas y humanos por igual, fue:

¿Qué ha pasado?

3

Todas las agujas del panel de mandos cayeron inertes.



5 из 1062