– Gracias -dijo Victoria y aguardó a que Andrews llegase a la puerta para añadir-: ¿Está todo preparado para la retirada del cuadro?

La mujer fue incapaz de pronunciar el nombre del pintor.

– Sí, milady -repuso Andrews y se volvió para mirar a su señora-. El cuadro será retirado antes de que baje a desayunar.

– ¿Está todo listo para la visita de la doctora Petrescu?

– Sí, milady -repitió Andrews-. La doctora Petrescu llegará el miércoles, más o menos al mediodía, y ya he informado a la cocinera de que comerá con usted en el invernadero.

– Gracias, Andrews -concluyó Victoria.

El mayordomo hizo una ligera reverencia, salió y cerró la puerta sin hacer ruido.

Cuando llegase la doctora Petrescu, una de las joyas más queridas de la familia estaría de camino a Estados Unidos y, a pesar de que la obra maestra no volvería a verse en Wentworth Hall, tampoco hacía falta que se enterase nadie más allá de la familia más directa.

Victoria dobló la servilleta y se levantó de la mesa. Cogió el informe de la doctora Petrescu, cruzó el comedor y salió al pasillo. El sonido de sus pisadas retumbó en el corredor de mármol. Se detuvo al llegar a la escalera para contemplar con admiración el retrato de cuerpo entero que Gainsborough había realizado de lady Catherine Wentworth, que lucía un magnífico vestido largo de seda y tafetán que el collar de diamantes y los pendientes a juego no hacían más que destacar. Victoria se llevó la mano a la oreja y sonrió al pensar que, en época de su antepasada, esas chucherías extravagantes se habrían considerado subidas de tono.

Victoria miró hacia delante mientras ascendía por la ancha escalera de mármol hasta su dormitorio de la primera planta. Fue incapaz de mirar a los ojos a sus antepasados, a los que Romney, Lawrence, Reynolds, Lely y Kneller parecían haber dado vida. Era consciente de que les había fallado. Aceptó que antes de retirarse a sus aposentos debía escribir a su hermana para comunicarle la decisión que había tomado.



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