Álvaro Pombo


La Fortuna de Matilda Turpin

PRIMERA PARTE

I

– Me alegro de que al final te hayas decidido a quedarte -comenta Antonio, al volante, metiendo la directa para enfilar el primer tramo de la carretera hasta Lobreña, donde comienza la serpenteante comarcal que conduce por fin al último tramo, el camino vecinal nunca asfaltado en condiciones, que lleva al Asubio, la alta finca acantilada de Sir Kenneth Turpin, el padre de Matilda.

– ¿Estará Emilia a gusto? -pregunta Juan Campos, sentado junto a Antonio Vega en el asiento delantero del viejo Opel Senator.

– Se aclimatará seguro Emilia. Lo que no sé, si tú…

– Yo me apañaré.

– Algo más que eso hará aquí falta. De sobra lo sabes. Esto es de verdad salvaje y más ahora con el invierno encima.

– No lo podría hacer sin vosotros. Sin ti.

– Seguro que sí.

– Vosotros, además, no tendréis que quedaros todo el tiempo. El rodaje es lo más complicado de la casa. Luego me arreglaré con Boni y Balbi. Balbi es una cocinera magnífica. Con una comida fuerte al día, tengo de sobra. La merienda-cena se arreglará con cualquier cosa…

– ¿De verdad vas a quedarte tanto tiempo, para siempre?

– Quiero un cerramiento, Antonio. Llámalo como quieras: una nueva vida. Para empezar a mi edad una nueva vida, tiene que desaparecer todo lo anterior. Nunca fue gran cosa desde la muerte de Matilda, no me veo envejeciendo en el piso de Madrid…

– Eso es verdad. Tampoco yo te veo así. De momento tienes el mismo aspecto de siempre…

Juan Campos sonríe. Antonio también. El atardecer nublado se precipita sobre ellos. El coche ha tenido que reducir la velocidad una vez más. Las luces de Lobreña parpadean a lo lejos: un pueblito pesquero que no necesitan cruzar. Ráfagas de lluvia en el parabrisas. Juan Campos observa de reojo al conductor. Tiene gracia -piensa- esta fidelidad de Antonio Vega, tan agradable, tan inmerecida.



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