– Tú siempre tienes trabajo cuando hay alguna fiesta. ¿Por qué te relajas un poco? No se va a caer el cielo porque no termines un informe financiero.

– Ahora no estoy haciendo informes. Dos de mis mejores clientes van a unirse y estoy intentando ayudarles a hacerlo con la menor cantidad posible de problemas. Pero todos los que ellos no tengan, los voy a tener yo. Me relajaré cuando haya terminado.

– No te creo. Cuando hayas terminado con ese, tendrás otro asunto. No me eches la culpa si te da un ataque al corazón antes de cumplir los cincuenta. ¿Por qué miras esa carta con tan mala cara? ¿Qué problema tienes?

– Tú. ¿Cómo voy a traer a una niña inocente a esta casa, estando tú en ella?

– No te entiendo.

– La hermana pequeña de Isobel, Katie, va a venir a Londres y se supone que yo debo cuidar de ella -contestó, irritado. Derek soltó una carcajada-. No tiene gracia…

– Sí la tiene -siguió riendo su amigo-. Pobre niña. Se va a encontrar con un sargento.

– Si con eso quieres decir que soy un hombre serio y no me dedico a perder el tiempo con azafatas y camareras…

– Modelos, perdona. Siempre ha habido clases. Nick, eres demasiado joven para ser tan serio. Tienes veintinueve años y parece que vas a cumplir cuarenta. ¡Pero si no te quitas la corbata ni para ir al cine!

– Soy asesor financiero y se supone que tengo que llevar corbata. No todo el mundo puede ir en vaqueros -dijo él, muy serio. La sonrisa de Derek resaltaba sus rasgos juveniles. Por el contrario, Nick tenía facciones angulosas y unos ojos oscuros e intensos. En su mirada se podía adivinar que se lo tomaba todo muy en serio, incluso a sí mismo-. Isobel quiere que sea su «ángel guardián» -explicó, mirando al techo.

– ¿Cuántos años tiene esa Katie?

– No sé, unos diecisiete.

– Ya.

– Ese «ya» me da escalofríos. Katie es intocable, ¿te enteras?

– ¿Qué significa eso?

– Que no le pongas tus sucias manos encima.



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