
– ¡Lina! ¡No! -exclamó Olga-. ¡Precisamente esa gente!
El rostro de mi madre palideció.
– ¿Cómo puedo rechazarle? Si lo hago, perderé la casa. Lo perderé todo. Tengo que pensar en Anya.
– Mejor no tener casa a vivir con esos monstruos -replicó Olga-. Anya y tú podéis venir a vivir aquí.
Boris apretó el hombro de mi madre con su mano de labrador, rosácea y callosa:
– Olga, Lina perderá mucho más que la casa si se niega.
Mi madre levantó la cabeza hacia los Liu, disculpándose con la mirada, y dijo:
– Mis amigos chinos no lo verán con buenos ojos.
La señora Liu bajó la vista, pero su marido dirigió la atención hacia su hermana, que se removía y farfullaba una serie de nombres mientras dormitaba. Eran siempre los mismos nombres, independientemente de que Ying-ying los gritara mientras la señora Liu y sus hijas la sujetaban en la consulta del médico, o los exclamara entre sollozos antes de caer en uno de sus trances comatosos. Había llegado de Nanking con el resto de los refugiados heridos y arruinados que habían huido de la ciudad tras la invasión japonesa. Los nombres que pronunciaba eran los de sus tres niñas, a las que los soldados japoneses habían abierto en canal con sus espadas. Cuando los soldados amontonaron los cuerpos de las niñas junto con los cadáveres de los otros pequeños del mismo edificio, uno de esos hombres sujetó firmemente la cabeza de Ying-ying entre sus manos forzándola a mirar cómo los minúsculos intestinos de sus hijas se derramaban por el suelo y los perros de los guardias acababan peleándose por ellos. Arrastraron a su marido y al resto de los hombres a la calle, los marcaron y los ataron a unos postes; entonces, los generales japoneses ordenaron a los soldados que se entrenaran traspasándoles con sus bayonetas.
Me levanté de la mesa sin que se dieran cuenta y corrí afuera para jugar con el gato que vivía en el jardín de los Pomerantsev. Era un gato callejero con las orejas desgarradas y un ojo ciego, pero estaba poniéndose gordo y satisfecho gracias a las atenciones de Olga. Presioné mi rostro contra su pelaje almizcle y lloré. Historias como la de Ying-ying se rumoreaban por todo Harbin, e incluso yo misma había sido testigo de suficientes muestras de crueldad por parte de los japoneses como para odiarlos.
