
El teniente Tommy Hart restregó los pies sobre el barro marrón claro del recinto de revista de tropas. Las quejas habían comenzado poco después del toque de llamada -Appell, en alemán-, y cada vez que pasaba un guardia, los hombres se ponían a silbar y a protestar.
En general, los alemanes no hacían caso. De vez en cuando un Hundführer, acompañado por su agresivo pastor alemán, se volvía hacia los grupos de hombres y hacía ademán de soltar al perro, lo cual conseguía acallar a los aviadores durante unos minutos. El Oberst Edward von Reiter, de la Luftwaffe, comandante del campo, había revisado por encima las formaciones unas horas antes, deteniéndose sólo al ser abordado por el coronel estadounidense Lewis MacNamara, quien le había lanzado una andanada de quejas. Von Reiter lo había escuchado durante unos treinta segundos, tras lo cual le había saludado sin mayores ceremonias, tocando la visera de su gorra con la fusta de montar, e indicando al coronel que ocupara de nuevo su lugar a la cabeza de los grupos de hombres. Luego, sin dirigir otra mirada a la formación de aviadores, se había encaminado hacia el barracón 109.
