
El sol de mayo se alzó rápidamente, caldeando los rostros de los hombres reunidos en el recinto de revista de tropas. Tommy Hart calculó que llevaban casi cuatro horas de pie en formación, mientras una constante procesión de soldados alemanes desfilaban ante ellos, dirigiéndose hacia el túnel que se había derrumbado. Los soldados rasos portaban palas y picos. Los oficiales mostraban el ceño fruncido.
– Es la maldita madera -dijo una voz entre la formación-. Al mojarse se pudre y ha acabado por venirse abajo.
Tommy Hart se volvió y comprobó que quien hablaba era un hombre delgado, oriundo del oeste de Virginia, copiloto de un B-17, al que había educado su padre, que trabajaba en las minas de carbón. Tommy suponía que el virginiano, cuya voz nasal revelaba un profundo desprecio, era un experto en planear fugas. Los hombres con conocimientos sobre la tierra -agricultores, mineros, excavadores e incluso el director de una funeraria que había sido abatido cuando volaba sobre Francia y que vivía en el barracón contiguo- eran reclutados para colaborar en esa iniciativa a las pocas horas de su llegada al Stalag Luft 13.
Él no había hecho ningún intento de fugarse del campo de prisioneros. A diferencia de la mayoría de los cautivos, no tenía muchas ganas. No es que no deseara ser libre, pero sabía que para fugarse tenía que meterse en un túnel.
