El hurón se volvió y lo miró. Luego se acercó al capitán, que permanecía en posición de descanso en la primera fila. Los alemanes obligaban a la formación a agruparse en filas de cinco hombres, pues les resultaba más fácil contarlos.

– Si no excavaran, capitán, no tendrían necesidad de permanecer aquí de pie -repuso el alemán en un inglés excelente.

– Maldita sea, Fritz Número Uno -replicó el capitán-. No hemos estado excavando. El incidente se debe sin duda a que su asqueroso alcantarillado se ha desplomado. Nosotros podríamos enseñarles a construirlo.

El alemán meneó la cabeza.

– No, Kapitän, era un túnel. Es absurdo tratar de escapar. En esta ocasión ha costado la vida a dos hombres.

La noticia silenció a los aviadores.

– ¿Dos hombres? -inquirió el capitán-. Pero ¿cómo es posible?

El hurón se encogió de hombros.

– Estaban excavando. La tierra cedió. Quedaron atrapados. Sepultados. Una desgracia.

El alemán alzó un poco la voz, contemplando fijamente la formación de sus enemigos.

– Es estúpido. Dummkopf. -Acto seguido se agachó y cogió un puñado de barro, que estrujó entre sus dedos largos y casi femeninos-. Esta tierra es buena para plantar. Cultivar productos. Es buena. Buena para los juegos que ustedes practican. Esa también es buena… -agregó señalando el recinto del campo de ejercicios-. Pero no lo bastante resistente para túneles. -El hurón se volvió hacia el capitán-. No volverá a volar, Kapitän, hasta después de la guerra. Si sobrevive.



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