
Un trueno estalló a lo lejos y la superficie del océano se iluminó con el relámpago. El viento arreció a su alrededor, inexorable, murmurando una advertencia al tiempo que agitaba con furia los cabos de los balancines y los gallardetes. El viejo pescador alzó de nuevo la vista y volvió a observar las trombas marinas. «Dos millas», se dijo.
«Vete y vivirás. Quédate y morirás.»
El anciano sonrió. «Todavía no ha llegado mi hora.»
Con rápido ademán giró la llave de contacto en la consola. El potente motor Johnson arrancó con un gruñido, como si hubiera aguardado con impaciencia a que el anciano le diera la orden, reprochándole que confiara su vida a los caprichos de un motor de gasolina. El anciano maniobró el bote, describiendo un semicírculo, dejando la tormenta a su espalda. Unas gotas cayeron sobre su camisa vaquera y notó en sus labios el sabor de la lluvia. Se trasladó rápidamente a popa y recogió los dos anzuelos. Vaciló unos instantes, contemplando las trombas marinas. En esos momentos se hallaban a una milla y presentaban un aspecto comunal, terrorífico. Lo contemplaban como si se sintieran asombradas por la temeridad de ese insignificante humano a sus pies de gigantes de la naturaleza que la insolencia del anciano había frenado, por el momento. El océano había mudado de color, el azul había dado paso a un gris denso y oscuro, como fundiéndose con el cielo de tormenta que se avecinaba.
El anciano emitió una carcajada cuando otro trueno, más cercano, estalló en el aire como un cañonazo.
– ¡No me atraparás! -gritó al viento-. ¡Aún no!
Acto seguido empujó la palanca hacia delante. El bote se deslizó por las agitadas olas al tiempo que el motor emitía un sonido semejante a una risa burlona y la proa se alzaba sobre la superficie para luego posarse sobre ella, surcando el océano a gran velocidad, dirigiéndose hacia un cielo despejado. Lejos, los postreros rayos de sol de aquel largo día de verano; unas millas más allá, la costa.
