
La supervisora me vio arder la cara y aprovechó mi turbación para quitarse el muerto de encima y despedirse. Otro tanto hizo el policía, y de pronto me encontré sola en medio de la sala de embarque vacía, sola con un carrito cargado de maletas que ya no iban a ninguna parte, sola en esa desolación de aeropuerto desierto, viajera estancada y sin destino, tan desorientada como quien se ha perdido dentro de un mal sueño.
En ese estupor pasé unas pocas horas, no sé cuántas, esperando el milagro del advenimiento de Ramón. Me recorrí varias veces el aeropuerto empujando el incómodo carrito y vi embarcar un número indeterminado de vuelos desde la fatídica puerta B26. Al fin la certidumbre de que no iba a volver se fue abriendo paso en mi cabeza. Tal vez me ha abandonado, me dije, tal y como sostenía el policía. Quizá se haya ido con su secretaria a las Bahamas (aunque Marina tenía sesenta años). O puede que, en efecto, esté borracho como una cuba, tendido y oculto en cualquier esquina. Pero ¿cómo habría podido hacer todo eso sin abandonar los urinarios? Yo le había visto entrar, pero no había salido.
De manera que cogí un taxi y me fui a casa, y cuando comprobé lo que ya sabía, esto es, que Ramón tampoco estaba allí, me acerqué a la comisaría a presentar denuncia. Me hicieron multitud de preguntas, todas desagradables: que cómo nos llevábamos él y yo, que si Ramón tenía amantes, que si tenía enemigos, que si habíamos discutido, que si estaba nervioso, que si tomaba drogas, que si había cambiado últimamente de manera de ser. Y, aunque fingí una seguridad ultrajada al contestarles, el cuestionario me hizo advertir lo poco que me fijaba en mi marido, lo mal que conocía las respuestas, la inmensa ignorancia con que la rutina cubre al otro.
Pero esa noche, en la cama, aturdida por lo incomprensible de las cosas, me sorprendió sentir un dolor que hacía tiempo que no experimentaba: el dolor de la ausencia de Ramón.
