
Cogí el teléfono y marqué el número de la presidenta. Oí dos tonos y luego una voz:
– ¿Diga?
– Con la señora Robinson-Smythe, por favor -pedí con excesivo brío.
– Yo soy su secretaria. ¿De parte de quién?
– Me llamo Francis Xavier Petrel…
– Oh, señor Petrel, llama por lo del día del Western, ¿verdad?
– Exacto. Voy a asistir.
– Fantástico. Espere un momento que le paso la llamada.
Pero colgué, casi asustado de mi propia impulsividad. Salí a la calle y caminé lo más rápido que pude antes de tener la oportunidad de cambiar de opinión. Mientras recorría metros y metros de acera y dejaba atrás las fachadas de las tiendas y las casas de mi ciudad sin fijarme en ellas, me preguntaba si mis voces me habrían aconsejado que fuera. O que no.
Era un día demasiado caluroso para finales de mayo. Tuve que tomar tres autobuses distintos para llegar a la ciudad, y cada vez parecía que la mezcla de aire caliente y gases de motor era peor. El hedor mayor. La humedad más alta. En cada parada, me decía que volver era una absoluta equivocación, pero me negaba a seguir mi propio consejo.
El hospital estaba en las afueras de una pequeña ciudad universitaria de Nueva Inglaterra que poesía la misma cantidad de librerías que de pizzerías, restaurantes chinos o tiendas de ropa barata de estilo militar. Algunos negocios tenían, sin embargo, un carácter ligeramente iconoclasta, como la librería especializada en autoayuda y crecimiento espiritual, en que el dependiente tras el mostrador tenía el aspecto de haberse leído todos los libros de los estantes sin haber encontrado ninguno que lo ayudase, o un bar de sushi que parecía bastante desastrado, la clase de sitio donde era probable que el tipo que cortaba el pescado crudo se llamara Tex o Paddy y hablara con acento sureño o irlandés.
