Carmen Posadas


La hora en el reloj

– Hasta un reloj parado da la hora exacta dos veces por día, ¿no le parece?

Giré la cabeza y vi que quien así me hablaba era un caballero de aspecto curioso. Normalmente, me fastidian las charlas de bar y esas confesiones íntimas que algunas personas le hacen padecer a uno cuando están solos, lejos de casa, en un hotel de alguna ciudad extranjera. Sin embargo, esta vez me volví hacia aquel tipo y casi le sonreí.

Eran las siete de la tarde de un día desperdiciado: no había logrado hacer el negocio que me trajo a Amsterdam, acababan de cerrar el aeropuerto por mal tiempo, mi mujer, en Madrid, no contestaba el teléfono y me esperaba un fin de semana lluvioso en un hotel que ni siquiera era el que yo había elegido. Por eso pensé que escuchar las confesiones de un desconocido no podía ser mucho peor que el panorama que se me presentaba, véase: tomarme una copa -otra más-, cenar solo y ver algún programa de televisión en holandés.

– Perdone, ¿qué decía usted de un reloj parado?

Y el otro, muy contento de entablar conversación, se apresuró a puntualizar:

– ¡Oh!, eso es tan sólo una frase hecha; en realidad me estoy refiriendo a personas, no a relojes. ¿Ha notado alguna vez que la gente más banal puede tener, en un momento de su vida, reacciones que rayan en lo sublime o en la más extrema bondad y que compensan con creces su habitual falta de tino?

No dije nada, y me dediqué a estudiarlo, intentando adivinar por su aspecto quién y de dónde podía ser aquel individuo. Me entretiene hacer cábalas sobre las personas que conozco así, por casualidad; supongo que se trata de un deporte común a todos los que, como yo, pasan mucho tiempo solos en lugares llenos de desconocidos.

Aquel hombre aparentaba unos sesenta y cinco años -setenta, tal vez- e iba vestido a la inglesa, con chaqueta gris y pantalones pepper salt, pero el conjunto resultaba algo estudiado para ser británico: lo delataban su camisa rosa suave y un pañuelo que asomaba del bolsillo superior de la chaqueta.



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