Así pues, el señor James Thistlethwaite se acercó pausadamente al mostrador y a los rayos de luz de una lámpara de aceite mientras la culata de una pistola de arzón asomaba por la abertura de cada uno de los dos bolsillos de su gabán. Con las gafas apoyadas en la punta de la nariz, empezó a leer, subiendo y bajando la voz en teatrales cadencias.

Parte de lo que dijo penetró en la bruma de la inquietud de Richard Morgan, pero sólo retazos, frases sueltas: «en una clara y declarada rebelión… los máximos esfuerzos por sofocar semejante rebelión y llevar a los traidores ante la justicia…».

Adivinando el desprecio en la mirada de su padre, Richard trató sinceramente de concentrarse. Pero ¿de veras le estaba subiendo la fiebre? ¿Le estaba subiendo en serio? En caso de que así fuera, significaba que la vacuna le estaba haciendo efecto. Y, si se lo hiciera, ¿sería William Henry uno de los pocos que, a pesar de la vacuna, sufrían la enfermedad con todas sus consecuencias? ¿Y morían a pesar de todo? ¡No, Dios mío!

El señor Thistlethwaite estaba llegando al punto culminante de su perorata.

– ¡Ahora la suerte está echada! ¡Las colonias tendrán que rendirse o triunfar! -tronó.

– Qué curiosa manera de expresarlo tiene el rey -dijo el patrón.

– ¿Curiosa?

– Da la impresión de que el rey considera posible un triunfo colonial.

– Bueno pues, yo lo dudo mucho, Dick. El que le escribe los discursos -algún despreciable subsecretario de su amado lord Bute, supongo- es un entusiasta de los equilibrios de la retórica…¡oh!

La última exclamación fue acompañada por el gesto de acercarse el dedo índice a la boca.

El patrón sonrió y escanció unos dedos de ron en una pequeña jarra de peltre y después se volvió para marcar con tiza una barra oblicua en la pizarra fijada en la pared.

– ¡Dick! ¡Dick! ¡Mi noticia bien se merece un trago a cuenta de la casa!



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