
Así pues, la hora de la cena transcurrió entre una sensación general de saciedad y bienestar hasta que, a las ocho en punto según el antiguo reloj de pared colgado al lado de la pizarra, Dick Morgan golpeó la superficie del mostrador con la mano, diciendo:
– ¡Saldad las cuentas, caballeros!
Tras lo cual, con la caja de hojalata satisfactoriamente llena, acompañó hasta el último chiquitín a la puerta y la atrancó para mayor seguridad. La caja de la recaudación subió con él al piso de arriba y fue depositada debajo de su cama con una cuerda atada desde el asa hasta el dedo gordo de su pie. En Bristol abundaban los ladrones y algunos de ellos eran muy hábiles. Por la mañana traspasó las monedas a una bolsa de lona y se las llevó al Banco de Bristol de Small Street, una entidad presidida, entre otros, por un Harford, un Ames y un Deane. Aunque el hecho de que uno fuera cliente de uno o de otro de los tres bancos de Bristol no tuviera, en realidad, ninguna importancia, de su dinero cuidarían los cuáqueros.
William Henry dormía profundamente, tumbado sobre el costado derecho; Richard acercó la cuna un poco más a la cama, se quitó el delantal y la holgada camisa de algodón blanco, los zapatos, los gruesos calcetines de algodón blanco y los calzoncillos de franela. Después se puso la camisa de noche de lino que Peg había dejado sobre su almohada, desató la cinta con la que se recogía el largo y ensortijado cabello y se encasquetó bien el gorro de dormir. Una vez hecho todo esto, se acostó, lanzando un suspiro.
