Las sátiras se vendían de maravilla, pues el señor Thistlethwaite era dueño de un singular ingenio y, por si fuera poco, daba siempre en el blanco. Los objetos de sus pullas solían ser funcionarios municipales, desde el alcalde al jefe de la Aduana y al alguacil, o entidades religiosas partidarias del pluralismo o jueces que presidían los tribunales. Aunque la razón por la cual la había tomado con Henry Burgum, el artesano del peltre, era un misterio… No cabía duda de que Burgum era un bribón de mucho cuidado, pero ¿qué le habría hecho exactamente al señor Thistlethwaite?

Así pues, la hora de la cena transcurrió entre una sensación general de saciedad y bienestar hasta que, a las ocho en punto según el antiguo reloj de pared colgado al lado de la pizarra, Dick Morgan golpeó la superficie del mostrador con la mano, diciendo:

– ¡Saldad las cuentas, caballeros!

Tras lo cual, con la caja de hojalata satisfactoriamente llena, acompañó hasta el último chiquitín a la puerta y la atrancó para mayor seguridad. La caja de la recaudación subió con él al piso de arriba y fue depositada debajo de su cama con una cuerda atada desde el asa hasta el dedo gordo de su pie. En Bristol abundaban los ladrones y algunos de ellos eran muy hábiles. Por la mañana traspasó las monedas a una bolsa de lona y se las llevó al Banco de Bristol de Small Street, una entidad presidida, entre otros, por un Harford, un Ames y un Deane. Aunque el hecho de que uno fuera cliente de uno o de otro de los tres bancos de Bristol no tuviera, en realidad, ninguna importancia, de su dinero cuidarían los cuáqueros.

William Henry dormía profundamente, tumbado sobre el costado derecho; Richard acercó la cuna un poco más a la cama, se quitó el delantal y la holgada camisa de algodón blanco, los zapatos, los gruesos calcetines de algodón blanco y los calzoncillos de franela. Después se puso la camisa de noche de lino que Peg había dejado sobre su almohada, desató la cinta con la que se recogía el largo y ensortijado cabello y se encasquetó bien el gorro de dormir. Una vez hecho todo esto, se acostó, lanzando un suspiro.



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