
Ahora mi fortuna es distinguir las raíces comestibles. He llegado a ordenar la vida tan bien, que hago todos los trabajos y me queda, todavía, un rato para descansar. En esta amplitud me siento libre, feliz.
Ayer me atrasé; hoy estuve trabajando continuamente; sin embargo, quedó algo para mañana; cuando hay tanto que hacer, la mujer de las tardes no me desvela.
Ayer a la mañana el mar invadía los bajos. Nunca he visto una marea de tanta amplitud. Todavía estaba creciendo cuando empezó a llover (aquí las lluvias son infrecuentes, poderosísimas, con vendavales). Tuve que buscar reparo.
Atareado por lo resbaladizo de la pendiente, el ímpetu de la lluvia, el viento y las ramas, subí a la colina. Se me ocurrió esconderme en la capilla (el sitio más solitario de la isla).
Estaba en los cuartos reservados para que los sacerdotes tomen los desayunos y se cambien de ropa (no he visto ningún cura ni pastor entre los ocupantes del museo) y de pronto hubo dos personas, bruscamente presentes, como si no hubieran llegado, como si hubieran aparecido nada más que en mi vista o imaginación… Me escondí -irresoluto, con torpeza- debajo del altar, entre sedas coloradas y puntillas. No me vieron. Todavía me dura el asombro.
Pasé un rato, inmóvil, agachado, en postura incómoda, espiando entre las cortinas de seda que hay debajo del altar principal, con la atención dirigida hacia los ruidos interpuestos por la tormenta, mirando las montañas de los hormigueros, oscuras, los caminos movedizos de las hormigas, pálidas y grandes, baldosas removidas… Atento a las gotas en la pared y en el techo, al agua estremecida en las canaletas, a la lluvia en la vereda cercana, a los truenos, a los confusos ruidos del temporal, de los árboles, del mar en la playa, de las inmediatas vigas, queriendo aislar los pasos o la voz de alguien que estuviera avanzando hacia mi refugio, evitar otra aparición inesperada…
