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Estoy asustado; pero, con mayor insistencia, descontento de mí. Ahora debo esperar que los intrusos vengan, en cualquier momento; si tardan, malum signum: vienen a prenderme. Esconderé este diario, prepararé una explicación y los aguardaré no muy lejos del bote, decidido a pelear, a huir. Sin embargo, no me ocupo de los peligros. Estoy incomodísimo: tuve descuidos que pueden privarme de la mujer, para siempre.
Después de bañarme, limpio y más desordenado (por efecto de la humedad en la barba y en el pelo), fui a verla. Había trazado este plan: esperarla en las rocas; la mujer, al llegar, me encontraría abstraído en la puesta del sol; la sorpresa, el probable recelo, tendrían tiempo de convertirse en curiosidad; mediaría favorablemente la común devoción a la tarde; ella me preguntaría quién soy; nos haríamos amigos… Llegué tardísimo. (Mi impuntualidad me exaspera. ¡Pensar que en esa corte de los vicios llamada el mundo civilizado, en Caracas, fue un trabajoso adorno, una de mis características más personales!)
Lo arruiné todo: ella miraba el atardecer y bruscamente surgí detrás de unas piedras. Bruscamente, e hirsuto, y visto desde abajo, debí de aparecer con mis atributos de espanto acrecentados.
Los intrusos han de venir de un momento a otro. No he preparado una explicación. No tengo miedo.
Esta mujer es algo más que una falsa gitana. Me espanta su valor. Nada anunció que me hubiera visto. Ni un parpadeo, ni un leve sobresalto.
Todavía el sol estaba arriba del horizonte (no el sol; la apariencia del sol; era ese momento en que ya se ha puesto, o va a ponerse, y uno lo ve donde no está). Yo había escalado con urgencia las piedras. La vi: el pañuelo de colores, las manos cruzadas sobre una rodilla, su mirada, aumentando el mundo. Mi respiración se volvió irreprimible. Los peñascos, el mar, parecían trémulos.
