¡Que yo estuviera muerto! Cuánto me entusiasmó esta ocurrencia (vanidosamente, literariamente).

Recapitulé mi vida. La infancia, poco estimulante, con las tardes en el Paseo del Paraíso; los días anteriores a mi detención, como ajenos; mi larga huida; los meses que llevo en la isla. Tenía la muerte dos oportunidades para entreverarse en mi historia. En los días anteriores a la llegada de la policía a mi cuarto de la pensión hedionda y rosada, en Oeste 11, frente a la Pastora (el proceso habría sido ante los jueces definitivos; la huida y los viajes, el viaje al cielo, infierno o purgatorio acordado). La otra ocasión para la muerte aparecía en el viaje en bote. El sol me deshacía el cráneo y aunque remé hasta aquí, he de haber perdido la conciencia mucho antes de llegar. De esos días todos los recuerdos son vagos, con excepción de una claridad infernal, un vaivén y un ruido del agua, un sufrimiento mayor que todas nuestras reservas de vida.

Hacía mucho que pensaba en esto, así que ya estaba un poco harto y seguí con menos lógica: no estuve muerto hasta que aparecieron los intrusos; en la soledad es imposible estar muerto. Para resucitar debo suprimir a los testigos. Será un exterminio fácil. No existo: no sospecharán su destrucción.

Estaba pensando en otra cosa, en un increíble proyecto de rapto privadísimo, como de sueño, que iba a contar solamente para mí.

En momentos de extrema ansiedad he imaginado estas explicaciones injustificables, vanas. El hombre y la cópula no soportan largas intensidades.


* * *

Esto es un infierno. Los soles están abrumadores. Yo no me siento bien. Comí unos bulbos parecidos a los nabos, muy fibrosos.

Los soles estaban arriba, uno más que otro, y, de improviso (creo haber mirado el mar hasta ese momento), apareció un buque muy cerca, entre los arrecifes.



40 из 80