– Me atrevería a decir que nuestros lectores opinan que servimos bien a sus intereses. ¿Cuáles me dijiste que eran las últimas cifras de tirada?

Era el truco habitual de Luxford. Nunca hacia ese tipo de preguntas sin saber la respuesta. Como para subrayarlo, devolvió su atención a la carta que tenía en su mano.

– No digo que debamos prescindir de los recurrentes polvos extramaritales. Sé que es nuestro pan de cada día. Pero si exprimimos la historia hasta que parezca…

Rodney advirtió que Luxford no le escuchaba. Contemplaba con ceño la carta que sostenía. Se tiró de las patillas, pero esta vez la acción y la reflexión eran auténticas. Rodney estaba seguro.

– ¿Ocurre algo, Den? -preguntó esperanzado, aunque cuidó mucho de no revelarlo en su tono.

La mano que sujetaba la carta la estrujó.

– Chorradas -dijo Luxford, Arrojó la carta a la papelera, con las demás. Cogió la siguiente y la abrió-. Gilipolleces. El populacho descerebrado habla. -Leyó la nueva carta-. Nos diferenciamos en eso -dijo-. Por lo visto, tú consideras que nuestros lectores pueden ser educados. Yo los veo tal como son, Rod, sucios e incultos. Hay que darle masticadas sus opiniones, como si fueran gachas. -Luxford apartó su silla de la mesa de conferencias-. ¿Hay algo más esta noche? De lo contrario, he de contestar a una docena de llamadas y volver a casa con mi familia.

«Hay tu cargo -pensó Rodney de nuevo-. Es lo que se me debe por veintidós años de lealtad a este periodicucho.»

– No, Den -dijo-. No hay nada más. De momento, quiero decir.

Arrojó el envoltorio del Cadbury junto con las cartas desechadas del director y se encaminó a la puerta.

– Rod -dijo Luxford cuando Rodney abrió la puerta. Este se volvió-. Llevas chocolate en la barba.



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