– Mamá -decía Lottie con un suspiro de mártir, en un intento inútil de apartar la atención de su madre de Marylebone High Street. Al fin y al cabo, su madre no tenía por qué mirar la calle. No era ella quien conducía el coche-. Te estoy hablando. ¿Qué estás mirando?

– Problemas, Charlotte. Estoy mirando que no surjan problemas. Tú deberías hacer lo mismo.

Por lo visto, los problemas habían surgido. Pero ¿una casa de seguridad del gobierno? ¿Qué era, exactamente? ¿Un lugar donde esconderse si tiraban una bomba?

– ¿Vamos a la casa de seguridad? -había preguntado. Bebió el zumo de manzana a toda prisa. Era un poco raro, poco dulce, pero lo tomó todo porque sabía que era descortés ser ingrata con un adulto.

– Ahí vamos -dijo el hombre-. A la casa de seguridad. Tu mamá nos está esperando.

Era lo único que recordaba bien. Las cosas se habían complicado a partir de entonces. Sus párpados se habían ido cerrando mientras cruzaban Londres, y al cabo de unos minutos tuvo la impresión de que no podía levantar la cabeza. En el fondo de su mente le parecía recordar que una voz agradable había dicho:

– Buena chica, Lottie. Echa un sueñecito.

Una mano le había quitado las gafas con delicadeza.

Al pensar en esto, Lottie se llevó poco a poco las manos a la cara en la oscuridad, lo más cerca posible de su cuerpo para no tener que tocar los lados del ataúd en que yacía. Sus dedos tocaron la barbilla. Treparon lentamente por sus mejillas, como una araña. Siguieron por el puente de la nariz. Las gafas habían desaparecido.

A oscuras daba igual, por supuesto. No obstante, si las luces se encendían… Pero ¿cómo iba a haber luces en un ataúd?

Lottie respiró hondo. Otra vez. Y otra. «¿Cuánto aire queda? -se preguntó-. ¿Cuánto tiempo antes de…? ¿Y por qué? ¿Por qué?»



3 из 603