
La compañía real, y yo entre ellos, se aprieta en una plataforma de troncos junto al arco inconcluso de las Puertas del Río. El desfile celebra la próxima conclusión de los trabajos, que completarán la carretera nueva y el puerto ribereño de Erhenrang, una vasta operación de dragado y construcción de edificios y caminos que ya ha llevado cinco años e inscribirá el reino de Argaven XV en los anales de Karhide. Estamos bastante apretados sobre la plataforma, en nuestros ropajes empapados. La lluvia ha cesado; brilla el sol: el sol de Invierno, espléndido, radiante, traicionero. Le digo a la persona que está a mi izquierda:
—Hace calor. Hace de veras calor.
La persona de mi izquierda —un karhíder rechoncho y moreno, de melena espesa y bruñida, que viste una sobretúnica pesada de cuero verde trabajada con oro, y una abrigada camisa blanca, y unos abrigados pantalones, y un collar de pesados eslabones de plata del ancho de una mano —, ésta persona, transpirando profusamente, replica. —Si, así es.
