Le disgustaba que no se le autorizase a tener miedo. En el dentista era más sencillo: tu madre te acompañaba siempre y el dentista siempre te hacía daño, pero después te daba un caramelo de fruta por haber sido un buen chico, y al volver a la sala de espera fingías delante de los otros pacientes que estabas hecho de una pasta dura. Tus padres estaban orgullosos de ti. «¿Has estado en la guerra, compadre?», le preguntaba su padre. El dolor te introducía en el mundo de las expresiones adultas. El dentista decía: «Dile a tu padre que vales para ultramar. Él lo entenderá.» Así que volvía a casa y su padre decía: «¿Has estado en la guerra, compadre?», y él respondía: «El señor Gordon dice que valgo para ultramar.»

Se sintió casi importante al entrar empujando la puerta con energía de adulto. Pero el barbero se limitó a saludar con la cabeza, a señalar con el peine la hilera de sillas de respaldo alto y a reanudar sus manipulaciones encorvado sobre un vejete de pelo blanco. Gregory se sentó. La silla crujió. Le entraron ganas de hacer pis. Había a su lado un cubo de revistas que no se atrevió a explorar. Miró los mechones en el suelo, como nidos de hámster.

Cuando le llegó su turno, el barbero deslizó un grueso cojín de caucho en el asiento. El acto pareció insultante: Gregory llevaba pantalones largos desde hacía ya diez meses y medio. Pero aquello era típico: nunca estabas seguro de las normas, nunca sabías si torturaban a todo el mundo de la misma manera o si sólo era a ti. Como ahora: el barbero estaba intentando estrangularle con la sábana, se la apretaba fuerte contra el cuello y luego le metía un paño dentro del cuello de la camisa. «¿Qué se le ofrece hoy, joven?» El tono insinuaba que una cochinilla ignominiosa e impostora como Gregory se había colado en el local por una serie imprecisa de motivos distintos.

Tras una pausa, Gregory dijo:

– Un corte de pelo, por favor.

– Bueno, me parece que has venido al sitio apropiado, ¿no?



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