
Se sintió casi importante al entrar empujando la puerta con energía de adulto. Pero el barbero se limitó a saludar con la cabeza, a señalar con el peine la hilera de sillas de respaldo alto y a reanudar sus manipulaciones encorvado sobre un vejete de pelo blanco. Gregory se sentó. La silla crujió. Le entraron ganas de hacer pis. Había a su lado un cubo de revistas que no se atrevió a explorar. Miró los mechones en el suelo, como nidos de hámster.
Cuando le llegó su turno, el barbero deslizó un grueso cojín de caucho en el asiento. El acto pareció insultante: Gregory llevaba pantalones largos desde hacía ya diez meses y medio. Pero aquello era típico: nunca estabas seguro de las normas, nunca sabías si torturaban a todo el mundo de la misma manera o si sólo era a ti. Como ahora: el barbero estaba intentando estrangularle con la sábana, se la apretaba fuerte contra el cuello y luego le metía un paño dentro del cuello de la camisa. «¿Qué se le ofrece hoy, joven?» El tono insinuaba que una cochinilla ignominiosa e impostora como Gregory se había colado en el local por una serie imprecisa de motivos distintos.
Tras una pausa, Gregory dijo:
– Un corte de pelo, por favor.
– Bueno, me parece que has venido al sitio apropiado, ¿no?
