– No.

– ¿Ya eres boy scout?

– No.

– ¿Cruzado?

Gregory no sabía lo que significaba. Empezó a levantar la cabeza, pero el barbero le dio un golpe con el peine en la coronilla. «Estáte quieto, te he dicho.» Gregory tenía tanto miedo del majara que no pudo responder, lo que el barbero interpretó como una negativa.

– Una gran organización, los cruzados. Piénsatelo.

Gregory pensó en que le rajaban curvas espadas sarracenas, en que le ataban a un poste en el desierto y le comían vivo las hormigas y los buitres. Entretanto, se sometió a la fría tersura de las tijeras, siempre frías aunque no lo estuvieran. Con los ojos bien cerrados, sobrellevó el tormento de los pelos picajosos que le caían sobre la cara. Sentado en el sillón, sin mirar, estaba convencido de que el barbero debería haber dejado de cortar hacía siglos, pero como estaba tan majara era probable que siguiera rapándole hasta dejar a Gregory calvo. Todavía faltaba pasar la navaja por el cuero para suavizarla, lo cual quería decir que iban a rebanarte la garganta: la sensación seca y rasposa de la hoja junto a las orejas y la nuca; el matamoscas que te metían en los ojos y la nariz para barrer los pelos.

Estos eran los toques que te estremecían cada vez. Pero había siempre algo más espeluznante. Él sospechaba que era algo soez. Las cosas que no conoces o que están hechas para que no las conozcas suelen resultar soeces. Como el poste del barbero: soez, a todas luces. La barbería adonde iba antes sólo tenía una tabla vieja de madera pintada, con colores todo alrededor. El de aquí funcionaba con electricidad y no paraba de dar vueltas, como un remolino. Algo todavía más soez, pensó. Luego estaba el cubo lleno de revistas. Seguro que algunas de ellas eran soeces. Todo era soez si querías que lo fuese. Era la gran verdad sobre la vida que él acababa de descubrir. Tampoco le importaba. A Gregory le gustaban las cosas soeces.



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