
Después se había producido el incidente de la cena de la señorita Bennet en Netherfield, cuando, debido a la insistencia de su madre en que, en lugar de trasladarse en el carruaje de la familia, lo hiciera a caballo, Jane había pillado un catarro de lo más oportuno y, como la señora Bennet había planeado, se había visto obligada a permanecer varias noches en la residencia de Bingley. Elizabeth, por supuesto, había acudido a pie a visitarla, y los buenos modales de la señorita Bingley la habían llevado a ofrecer hospitalidad a aquella visita incómoda hasta que la señorita Bennet se restableciera. Una semana pasada casi en su totalidad en compañía del señor Darcy debió de elevar las expectativas de éxito de Elizabeth, y ella habría sacado el máximo partido de aquella intimidad forzada.
Posteriormente, y a instancias de la menor de las hermanas Bennet, el señor Bingley había organizado un baile en Netherfield, y en aquella ocasión Darcy sí había bailado con Elizabeth. Las carabinas, sentadas en las sillas que se alineaban contra la pared, habían levantado los anteojos y, como el resto de los presentes, se habían dedicado a estudiar con atención a ambos, que ganaban posiciones en la línea de parejas. Allí, claro está, no habían conversado mucho, pero el mero hecho de que el señor Darcy le hubiera pedido a la señorita Elizabeth que bailara con él, y que ella no lo hubiera rechazado, era motivo de interés y especulación.
