No obstante, deseas acompañarme.

Hanno estudió a su anfitrión antes de responder. Piteas también vestía con gran sencillez. Era alto para ser griego, flaco, de ojos grises, con rasgos marcados bajo la frente amplia. La cara bien rasurada mostraba arrugas profundas, y el pelo castaño y rizado estaba salpicado de canas en las sienes. Ambos se miraron con la intensidad que denotaba fervor, inocencia o tal vez ambas cosas.

—Creo que sí —admitió Hanno con cautela—. Tendremos que hablar más. Sin embargo, a mi manera, como tú a la tuya, deseo aprender todo lo posible acerca de esta tierra y su gente mientras estoy en ella. Cuando tu servidor Lykias recorrió la ciudad buscando posibles asesores, y me enteré, fui a verlo con agrado. —Sonrió de nuevo—. Además, necesito empleo. Esto arrojará buenas ganancias.

—No vamos como mercaderes —explicó Piteas—. Llevaremos mercancías, pero para cambiarlas por lo que necesitemos, no para enriquecernos. No obstante, se nos promete una paga excelente a nuestro regreso.

—¿Acaso la ciudad patrocina la empresa?

—Correcto. Un consorcio de mercaderes. Quieren saber qué posibilidades y riesgos entraña una ruta marítima hacia el septentrión, ahora que los galos vuelven peligrosa la ruta terrestre. No se trata sólo de estaño, ¿entiendes? Tal vez el estaño sea lo menos importante. Ámbar, pieles, esclavos, todo lo que esas comarcas ofrezcan.

—Los galos, vaya. —No era necesario añadir nada más. Habían bajado por las montañas para adueñarse del norte de Italia; muchísimo tiempo atrás resonaron los carros de guerra, destellaron las espadas, ardieron las casas, lobos y cuervos se dieron un festín por toda Europa. Hanno añadió—: Los conozco un poco. Eso sería una ayuda. Pero te recuerdo que esa ruta es mala. Además de ellos, están los cartagineses.

—Lo sé.

Hanno ladeó la cabeza.

—No obstante, organizas esta expedición.



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