Otro numerito para impresionar al cliente. Carver estrechó la mano del hombre trajeado, al que le presentaron como David Wyeth, del bufete de abogados Mercer & Gissal de Saint Louis. Sonaba a camisas blancas almidonadas y americanas de mezclilla. Carver se fijó en que Wyeth tenía una mancha de salsa barbacoa en la corbata. Cuando llegaban a la ciudad, Mc Ginnis los llevaba a comer a Rosie’s Barbecue.

Carver representó su número de memoria, explicando a Wyeth todos los detalles y diciendo todo lo que aquel abogado de clase alta quería oír. Wyeth estaba en una misión de barbacoa y due diligence; volvería a Saint Louis e informaría de lo mucho que le habían impresionado. Les diría que ese era el camino que debían seguir si el bufete quería mantenerse al día con las nuevas tecnologías y los tiempos cambiantes.

Y Mc Ginnis conseguiría otro contrato.

Mientras hablaba, Carver no dejaba de pensar en el intruso al que habían estado persiguiendo; no podía imaginarse la que se le venía encima. Carver y sus jóvenes discípulos vaciarían sus cuentas bancarias personales, adoptarían su identidad y ocultarían fotos de hombres manteniendo relaciones sexuales con niños de ocho años en su ordenador del trabajo. Luego él lo estropearía con un virus y, cuando el intruso no pudiera arreglar el ordenador, llamaría a un experto. Se encontrarían las fotos y avisarían a la policía.

El intruso no volvería a ser una preocupación. Otra amenaza mantenida a raya por el Espantapájaros.

– ¿Wesley? -dijo Mc Ginnis.

Carver salió de su ensueño. El hombre trajeado había hecho una pregunta. Carver ya había olvidado su nombre.

– ¿Disculpe?

– El señor Wyeth ha preguntado si alguna vez han accedido al centro de datos.



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