
– No conseguiremos gran cosa -opinó Cooey al cabo de unos instantes-. Vísperas ha disfrazado su punto de entrada en el sistema saltando por diversas redes telefónicas. Cada vez que hace un bucle a través de una de ellas, hay que rastrearla hasta el conmutador de entrada… Tendría que quedarse mucho tiempo para que consigamos algo. Y a pesar de eso, si lo que pretende es hacer daño, lo hará.
– ¿Qué otra cosa puede querer?
– No sé -la mueca entre curiosa y divertida volvió a insinuarse en la boca del joven, desvaneciéndose apenas alzó la cabeza-. A veces se contentan con curiosear, o dejan un mensaje. Ya sabe: Capitán Zap estuvo aquí, y cosas por el estilo -hizo una pausa, observando el monitor-. Aunque éste se toma mucho trabajo para un simple paseo.
El padre Arregui afirmó dos veces mientras seguía, absorto, las incidencias de la señal en la pantalla. Después pareció volver en sí, miró el teléfono iluminado en el cono de luz de la lámpara e hizo gesto de alargar una mano hacia el auricular; pero se detuvo a medio camino.
– ¿Cree que va a entrar en INMAVAT?
Cooey señaló la pantalla de su ordenador.
– Acaba de hacerlo -dijo.
– Cielo santo.
Ahora el cursor rojo parpadeaba a toda velocidad, recorriendo rápidamente una larga fila de archivos que desfilaban por la pantalla.
– Es bueno -dijo Cooey, ya sin disimular su admiración-. Que Dios me perdone, pero este hacker es muy bueno -hizo una pausa y sonrió-. Endiabladamente bueno.
Se había olvidado del teclado y, de codos sobre la mesa, observaba. La lista de acceso restringido estaba ante sus ojos, al descubierto. Ochenta y cuatro cardenales y altos funcionarios, cada uno representado con su correspondiente código. El cursor recorrió la lista de arriba abajo, dos veces, y después se detuvo con un parpadeo en la línea marcada VOIA.
