En el casco antiguo hay una calle con su nombre: carrer Joan Benvingut. Una panadería, una floristería, una cestería y unos pocos pisos viejos y húmedos mantienen la memoria de aquel catalán insigne. ¿Qué hizo Benvingut por Z? Volver, me parece, y convertirse en ejemplo tangible de que un hijo del pueblo podía hacerse rico en las Américas. De antemano aclaro que no soy proclive a esta clase de héroes. Admiro a quienes trabajan y no hacen ostentación de su dinero, admiro a quienes modernizan el país y son capaces de dotarlo de lo necesario por más dificultades que surjan en el camino. Por lo que sé, Benvingut no era nada de todo eso. Hijo de pescadores, de escasa educación, a su regreso se convierte en el cacique de Z y en uno de los hombres más ricos de la provincia. Por supuesto, fue el primero en tener un coche. También fue el primero en instalar en su vivienda una piscina y un sauna. El Palacio está diseñado, en parte, por un famoso arquitecto de aquellos años, López i Porta, un epígono de Gaudí, y por el propio Benvingut, lo que constituye una explicación válida para el carácter laberíntico, caótico, vacilante, de todas y cada una de las plantas. ¿De hecho, cuántas plantas tiene el Palacio Benvingut? Poca gente lo sabe de cierto. Visto desde el mar semeja tener dos y produce, además, la impresión de hundimiento, como si se asentara sobre arenas movedizas y no sobre piedra viva. Desde la entrada principal o desde el camino que atraviesa el jardín solariego el visitante podría jurar que son tres plantas. En realidad tiene cuatro. El engaño radica en la disposición de las ventanas y el desnivel del terreno. Desde el mar se observa la tercera y cuarta planta. Desde la entrada, la primera, la segunda y la cuarta. ¡Cuántas tardes agradables pasé allí con Nuria cuando el proyecto del Palacio Benvingut era tan sólo eso, un proyecto, una posibilidad capaz de insuflar en mi espíritu la poesía y la entrega que creía inherentes al amor! ¡Con cuánta asombrosa felicidad recorrimos las habitaciones, abriendo balcones y armarios, descubriendo patios interiores recoletos y estatuas de piedra veladas por la maleza! Y luego, cansados, al final de la excursión, qué agradable era sentarnos a la orilla del mar y dar cuenta de los bocadillos que Nuria previamente había preparado.


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