
Así que seguí viviendo o malviviendo, depende, hasta que un día Mónica me contó que había visto a Remo Morán en un bar de Barcelona, y que tras explicarle mi situación éste había dicho que partiera inmediatamente rumbo a Z pues allí podría vivir y trabajar al menos durante la temporada de verano. ¡Morán se acordaba de mí! La verdad, debo reconocerlo, es que no tenía nada mejor y que las perspectivas, hasta ese momento, eran negras como un cubo de petróleo. La propuesta, además, me emocionó. Nada me ataba a Barcelona, acababa de salir del peor resfriado de mi vida (llegué a Z todavía con fiebre), la sola idea de vivir cinco meses seguidos junto al mar me hacía sonreír como un tonto, sólo tenía que coger el tren de la costa y marcharme. Dicho y hecho: metí en la mochila los libros y la ropa y me largué con viento fresco. Todo lo que no cupo lo regalé. Al dejar atrás la Estación de Francia pensé que nunca más volvería a vivir en Barcelona. ¡Atrás y fuera de mí! ¡Sin dolor ni amargura! A la altura de Mataró comencé a olvidar todos los rostros… Pero, claro, eso es un decir, nada se olvida…
Enric Rosquelles: Hasta hace unos años mi carácter era proverbialmente apacible
HASTA HACE UNOS AÑOS mi carácter era proverbialmente apacible; de ello dan fe mis familiares, mis compañeros, mis subordinados, cuantas personas tuvieron ocasión de tratarme un poco. Todos ellos dirán que el individuo menos indicado para verse envuelto en un crimen soy yo. Mis hábitos son ordenados y hasta severos. Fumo poco, bebo poco, casi no salgo de noche. Mi capacidad de trabajo es reconocida: puedo prolongar la jornada laboral hasta alcanzar las dieciséis horas si es necesario y mi rendimiento no decae. A los 22 años obtuve el título de psicólogo y sin falsa modestia debo subrayar que fui uno de los mejores de mi promoción. Actualmente curso estudios de Derecho, carrera que hace tiempo debería haber terminado, lo sé, pero he preferido tomármela con calma.