
A mi izquierda, la cadena montañosa extiende sus aterradoras sombras sobre el valle polvoriento y gris. La carretera atraviesa la llanura de este a oeste. Ante mí, las chimeneas de dos altos hornos se imponen en mitad del paisaje.
Liuzhizhen, canteras a cielo abierto, un cielo oscuro que se cierne sobre parcelas de cultivos, campos de extracción minera, paisajes de infinita tristeza y vestigios de antiguas fábricas abandonadas.
Llueve, no ha dejado de llover, y los limpiaparabrisas apenas alcanzan a apartar el agua que resbala a chorros sobre el parabrisas delantero; el firme está resbaladizo. Cuando adelanto a un camión, los conductores me miran raro. No debe de haber muchos turistas circulando por esta región.
Ya llevo recorridos doscientos kilómetros, aún me quedan seis horas de viaje. Me gustaría llamar a Walter, pedirle que se reúna conmigo; la soledad me oprime, ya no la soporto. He perdido el egoísmo de mi juventud entre las aguas agitadas del río Amarillo. Echo un vistazo al retrovisor, mi rostro ha cambiado. Walter me diría que es el cansancio, pero sé que he dado un paso adelante y ya no hay vuelta atrás. Habría querido conocer antes a Keira, no haber perdido todos estos años creyendo que la felicidad estaba en lo que hacía, en mis logros profesionales. Pero la felicidad es algo más humilde: está en el otro.
Al cabo de la llanura se yergue ante mí una barrera de montañas. Un cartel escrito en caracteres occidentales indica que aún faltan 660 kilómetros para Chengdu. Un túnel, la autopista penetra en la roca, ya no puedo escuchar la radio, pero qué más da, no aguanto estas melodías de pop asiático. A lo largo de 250 kilómetros se extiende toda una sucesión de puentes tendidos sobre cañones. Pararé en una gasolinera en Guangyuan.
