Una vez fuera, los dos se detuvieron, tomaron una profunda bocanada de aire para aliviar los pulmones del ambiente cargado y sofocante, intercambiaron una leve sonrisa y echaron a andar por la calle.

El Pavilion se encontraba en North Street. Giraron a la derecha y avanzaron con los relajados andares de unos hombres que sabían que se dirigían a Brighton Square y luego a las afueras. Al llegar a las estrechas calles adoquinadas, flanqueadas por casitas de pescadores, se colocaron uno detrás de otro y en cada cruce cambiaban de posición, con los ojos siempre atentos, estudiando las sombras. Si alguno de los dos fue consciente de que estaban en casa, en tiempo de paz, de que ya no eran fugitivos, de que ya no estaban en guerra, no lo comentó ni intentó evitar aquel comportamiento que se había convertido en algo natural para ambos.

Se dirigieron hacia el sur, hacia el sonido del mar, que susurraba en la oscuridad más allá de la orilla. Finalmente, giraron hacia Black Lion Street. Al final de la calle se encontraba el canal, la frontera más allá de la cual habían vivido la mayor parte de la última década. Se detuvieron bajo el bamboleante cartel del Ship and Anchor, con los ojos fijos en la oscuridad enmarcada por las casas del final de la calle. El viento les llevó el perfume al mar, al agua salada, el familiar olor de las algas, tan penetrante.

Los recuerdos los retuvieron a ambos durante un instante; luego, como si fueran una sola persona, se volvieron. Christian empujó la puerta y entraron.

La calidez los envolvió, los sonidos de voces inglesas, el olor con toques de lúpulo de la buena cerveza de su tierra. Los dos se relajaron y se liberaron de una indefinible tensión. Christian se acercó a la barra.

– Dos jarras de tu mejor cerveza.

El dueño asintió a modo de saludo y les sirvió rápidamente.

Christian miró hacia la puerta entrecerrada que había tras la barra.

– Nos sentaremos en tu salita privada.



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