Daldry abrió la puerta, vela en mano. Llevaba un pantalón de pijama y un jersey de cuello de cisne bajo una bata de seda de color azul marino. La luz de la vela teñía de un color extraño su rostro.

– La esperaba, señorita Pendelbury.

– ¿Me esperaba? -respondió sorprendida.

– Desde que han cortado la corriente. No duermo con bata, como podrá imaginar. Tenga, ¡he aquí lo que me iba a pedir! -dijo, sacando una vela de su bolsillo-. Es esto lo que ha venido a buscar, ¿no es así?

– Lo siento, señor Daldry -dijo agachando la cabeza-, de verdad, me acordaré de comprar.

– Ya no me lo creo, señorita.

– Puede llamarme Alice, ¿sabe?

– Buenas noches, señorita Alice.

Daldry cerró la puerta, Alice volvió a su casa. Pero, un instante después, oyó que llamaban a la puerta. Alice abrió y vio que Daldry se encontraba delante de ella, sosteniendo una caja de cerillas en la mano.

– Me imagino que tampoco tiene de esto. Las velas son mucho más útiles encendidas. No me mire así, no soy adivino. La última vez tampoco tenía cerillas y, como la verdad es que quiero acostarme, he preferido adelantarme.

Alice se guardó mucho de confesarle a su vecino que había rascado su última cerilla para prepararse una infusión. Daldry encendió la mecha y pareció satisfecho cuando la llama penetró en la cera.

– ¿Le he dicho algo que le haya molestado? -preguntó Daldry.

– ¿Por qué dice eso? -respondió Alice.

– Se le ha ensombrecido el rostro de repente.

– Estamos en la penumbra, señor Daldry.

– Si tengo que llamarla Alice, tendrá que llamarme a mí también por mi nombre: Ethan.

– Muy bien, le llamaré Ethan -contestó Alice, sonriendo a su vecino.



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