
Miré la pistola. Una Sig Sauer. Suiza. Quince balas del 9 parabellum por cargador, al tresbolillo. Y tres cargadores llenos. Las puntas doradas de los proyectiles eran gruesas como bellotas.
–Sí –respondí con suavidad–. Hace doce años. Sinaloa.
Otra vez la ojeada silenciosa. Sabía de mí, pues en su mundo eso podía conseguirse con dinero. Y además, tres semanas antes le había hecho llegar una copia de mi texto inacabado. Era el cebo. La carta de presentación para completarlo todo.
–¿Por qué habría de contárselo?
–Porque me he tomado mucho trabajo en usted. Estuvo mirándome entre el humo del cigarrillo, un poco entornados los ojos, como las máscaras indias del Templo Mayor. Después se levantó y fue hasta el mueble bar para volver con una botella de Herradura Reposado y dos vasos pequeños y estrechos, de esos que los mejicanos llaman caballitos. Vestía un cómodo pantalón de lino oscuro, blusa negra y sandalias, y comprobé que no llevaba joyas, ni collar, ni reloj; sólo un semanario de plata en la muñeca derecha. Dos años antes –los recortes de prensa estaban en mi habitación del hotel San Marcos–, la revista ¡Hola! la había incluido entre las veinte mujeres más elegantes de España, por las mismas fechas en que El Mundo informaba de la última investigación judicial sobre sus negocios en la Costa del Sol y sus vinculaciones con el narcotráfico. En la fotografía publicada en primera página se la adivinaba tras el cristal de un automóvil, protegida de los reporteros por varios guardaespaldas con gafas oscuras. Uno de ellos era el gordo bigotudo que ahora estaba sentado al otro extremo de la habitación, mirándome de lejos como si no me mirara.
–Mucho trabajo –repitió pensativa, poniendo tequila en los vasos.
Así es.
Bebió un corto sorbo, de pie, sin dejar de observarme. Era más baja de lo que parecía en las fotos o en la televisión, pero sus movimientos seguían siendo tranquilos y seguros: como si cada gesto fuera encadenado al siguiente de forma natural, descartada cualquier improvisación o duda.
