
–Claro –murmuró.
Entonces salí de allí. Los federales con chalecos antibalas y fusiles de asalto que a la llegada me habían cacheado minuciosamente seguían montando guardia en el vestíbulo y el jardín, y una furgoneta militar y dos Harley Davidson de la policía estaban junto a la fuente circular de la entrada. Había cinco o seis periodistas y una cámara de televisión bajo paraguas, al otro lado de los altos muros, en la calle, mantenidos a distancia por los soldados en uniforme de combate que acordonaban la finca. Torcí a la derecha y caminé bajo la lluvia en busca del taxi que me esperaba a una manzana de allí, en la esquina de la calle General Anaya. Ahora sabía cuanto necesitaba saber, los rincones en sombras quedaban iluminados, y cada pieza de la historia de Teresa Mendoza, real o imaginada, encajaba en el lugar oportuno: desde aquella primera foto, o media foto, hasta la mujer que me había recibido con una automática sobre la mesa. Faltaba el desenlace; pero eso también lo sabría en las próximas horas. Igual que ella, sólo tenía que sentarme y esperar.
Habían pasado doce años desde la tarde en que Teresa Mendoza echó a correr en la ciudad de Culiacán. Aquel día, comienzo de tan largo viaje de ida y vuelta, el mundo razonable que creía construido a la sombra del Güero Dávila cayó a su alrededor –pudo oír el estruendo de los pedazos desmoronándose–, y de pronto se vio perdida y en peligro. Dejó el teléfono y anduvo de un lado a otro abriendo cajones a tientas, ciega de pánico, buscando cualquier bolsa donde meter lo imprescindible antes de escapar de allí. Quería llorar por su hombre, o gritar hasta desgarrarse la garganta; pero el terror que la asaltaba en oleadas como golpes entumecía sus actos y sus sentimientos. Era igual que haber comido un hongo de Huautla o fumado una hierba densa, dolorosa, que la introdujese en un cuerpo lejano sobre el que no tuviera ningún control. Y así, tras vestirse a toda prisa, torpe, unos tejanos, una camiseta y unos zapatos, bajó tambaleante la escalera, todavía mojada bajo la ropa, el pelo húmedo, una pequeña bolsa de viaje con las pocas cosas que había atinado a meter dentro, arrugadas y de cualquier manera: más camisetas, una chamarra de mezclilla, pantaletas, calcetines, su cartera con doscientos pesos y la documentación.
