
– Radiografía -le dijo a la enfermera que lo asistía. No hacían falta más explicaciones.
Acabó cortando la venda con la que el equipo de emergencia le había vendado la cabeza. Se quedó helado cuando, con las yemas de los dedos, palpó el agujero de entrada y se dio cuenta de que le habían disparado en la cabeza. Allí tampoco había orificio de salida.
Anders Jonasson se detuvo un par de segundos y contempló a la chica. De pronto se sintió desmoralizado. A menudo solía decir que el cometido de su profesión era el mismo que el que tenía un portero de fútbol. A diario llegaban a su lugar de trabajo personas con diferentes estados de salud pero con un único objetivo: recibir asistencia. Se trataba de señoras de setenta y cuatro años que se habían desplomado en medio del centro comercial de Nordstan a causa de un paro cardíaco, chavales de catorce años con el pulmón izquierdo perforado por un destornillador, o chicas de dieciséis que habían tomado éxtasis y bailado sin parar dieciocho horas seguidas para luego caerse en redondo con la cara azul. Eran víctimas de accidentes de trabajo y de malos tratos. Eran niños atacados por perros de pelea en Vasaplatsen y unos cuantos manitas que sólo iban a serrar unas tablas con una Black & Decker y que, por accidente, se habían cortado hasta el tuétano.
