Más tarde, volviendo a pensar en la escena, me dije con absoluta convicción que debía proponerme como objetivo vivir un día en una casa como aquélla, tener una familia como aquélla y alumbrarnos con aquella luz que parecía revelar la presencia de muchos afectos tranquilos y seguros.

Muchos pensarán que mis aspiraciones eran modestas. Pero hay que tener en cuenta mis condiciones de entonces. A mí, nacida en la casa de los empleados del ferrocarril, aquella villa me hacía el mismo efecto, probablemente, que a los habitantes de la villa que yo envidiaba podrían hacerles las casas más ricas y grandes de los barrios acomodados de la ciudad. Así, cada uno pone su propio paraíso en el infierno de los demás.

Por su parte, mi madre hacía grandes proyectos para mí, pero me di cuenta en seguida de que eran proyectos que excluían toda clase de vida que se pareciera a la que yo deseaba. Mi madre pensaba, en resumidas cuentas, que con mi belleza podía aspirar a cualquier clase de éxito, pero no a convertirme en una mujer casada, con una familia, como las demás. Éramos muy pobres y mi hermosura se le presentaba como la única riqueza de que disponíamos, y, como tal, no únicamente mía, sino también suya, aunque no fuera más, como ya he dicho, porque había sido ella la que me había traído al mundo. Yo habría de servirme de esta riqueza de acuerdo con ella, sin ninguna consideración a las conveniencias, para mejorar nuestra situación. Probablemente se trataba, sobre todo, de una falta de imaginación. En una situación como la nuestra, la idea de aprovechar mi hermosura era lo primero que podía ocurrírsele a cualquiera. Mi madre se detuvo en esa idea y no volvió a separarse de ella.



10 из 417