
—Todos son unos muertos de hambre —me explicó— y de ninguno de ellos puede esperarse nada… Tú, con tu belleza, puedes aspirar a algo mejor, mucho mejor.
Era la primera vez que mi madre me hablaba así. Lo hacía con seguridad, como diciendo cosas meditadas hacía tiempo.
—¿Qué quieres decir? —pregunté, extrañada.
Ella contestó con cierta vaguedad:
—Es una gente con mucha palabrería, pero de dinero, nada…
Una chica tan guapa como tú debe ir siempre con señores.
—¿Qué señores…? Yo no conozco a ningún señor.
Me miró y, con más vaguedad aún, concluyó:
—Por ahora, puedes hacer de modelo… Más adelante, veremos… Una cosa trae otra.
Pero había en su cara una expresión reflexiva y ávida que casi me asustó. Aquel día no le pregunté nada más.
Por lo demás, las recomendaciones de mi madre eran superfluas porque yo entonces era muy seria, debido en parte a mi misma juventud.
Después de aquel pintor, encontré otros y pronto fui bastante conocida en el ambiente de los estudios. Debo decir que, en general, los pintores eran casi todos bastante discretos y respetuosos, aunque es verdad que hubo más de uno que no me ocultó sus sentimientos. Pero a todos los rechacé con tanta dureza que pronto me hice una reputación de virtud huraña.
He dicho que los pintores eran casi siempre bastante respetuosos. Supongo que esto se debía, sobre todo, a que su objeto no era hacerme la corte, sino pintarme y dibujar mi cuerpo, y dibujando y pintando me veían, no con ojos de hombre, sino de artista, igual que si fuera una silla o un objeto cualquiera.
