
Con la pistola en la mano, empezó a buscar papel y bolígrafo para escribir una nota de suicidio. Esto le llevó varios frustrantes minutos, puesto que tuvo que apartar sábanas, estrujar pañuelos y revolver corbatas y gemelos en un cajón de la cómoda. Finalmente, encontró una única hoja pautada que quedaba en un cuaderno de notas y un bolígrafo barato. «Muy bien -se dijo-, sea lo que sea lo que tengas que decir, tendrá que ser breve.»
Intentó pensar si necesitaba algo más y, mientras lo hacía, se detuvo ante el espejo para examinar su aspecto. No estaba mal. La camisa a cuadros que vestía estaba limpia, como el pantalón caqui, los calcetines y la ropa interior. Consideró si debía afeitarse y se frotó la mejilla con el reverso de la mano que sostenía el arma, sintiendo a contrapelo la barba incipiente, aunque al final decidió que no era necesario. Necesitaba un corte de pelo, pero se encogió de hombros mientras se mesaba su mata de cabello blanca. «No tengo tiempo», se dijo. De pronto, recordó que cuando era joven le habían comentado que el pelo de la gente continúa creciendo aun después de muerto. El pelo y las uñas. Era aquel tipo de información que se transmitía entre cuchicheos de un niño a otro con absoluta autoridad y que, invariablemente, conducía a historias de fantasmas contadas en habitaciones a oscuras entre murmullos. «Parte del problema de crecer y hacerse mayor es que los mitos de la infancia desaparecen», pensó Simon Winter.
