– ¿No debería sacar su arma?

Simon negó con la cabeza. Ella había insistido en que llevase el arma consigo y lo había hecho, pero sería una locura blandirla; tenía suficiente experiencia para saber que el miedo de la anciana también le había puesto nervioso y susceptible. Si empuñaba el revólver era probable que disparase al señor o la señora Kadosh o al viejo Harry Finkel, sus vecinos del piso de arriba.

Abrió la puerta y entró en el apartamento.

– El interruptor está en la pared -dijo ella, aunque él ya lo sabía porque aquel apartamento era un espejo del suyo. Alargó la mano y encendió las luces.

– ¡Joder! -exclamó, sorprendido por una forma gris y blanca que se escurrió entre sus piernas-. ¡Qué demonios…!

– ¡Oh, Boots, mira que eres malo!

Simon se dio la vuelta y vio a su vecina reprendiendo a un gato grande y gordo, que a su vez se frotaba contra las piernas de la anciana.

– Siento que le haya asustado, señor Winter. -Alzó al gato en brazos. El animal observó a Simon con irritante complacencia felina.

– No importa -dijo, sintiendo que el corazón se le salía del pecho.

Sophie Millstein se quedó en la entrada, acariciando al minino mientras Simon inspeccionaba el apartamento. Sin duda allí no había nadie, a excepción de un periquito en una jaula colocada en un rincón de la salita. El pájaro dejó escapar un chirriante graznido cuando él pasó por su lado.

– ¡Todo en orden, señora Millstein! -anunció.

– ¿Ha mirado en el armario? ¿Y debajo de la cama?

Simon suspiró y dijo:

– Ahora lo hago.

Se dirigió al pequeño dormitorio y observó. Sintió una extraña incomodidad al estar en la habitación que Sophie Millstein había compartido con su esposo. Vio que era una mujer ordenada; un camisón y una bata de color marfil yacían bien doblados a los pies de la cama, y la superficie de la cómoda estaba limpia. Vio un retrato de Leo Millstein en un marco negro y otra fotografía en que aparecía el hijo de la señora Millstein y su familia. Era una fotografía de estudio, todos vestían traje y corbata, las mejores prendas de domingo. Reparó en un pequeño joyero sobre la cómoda, una cajita elegante de latón labrado al que algún artesano había dedicado su tiempo. ¿Alguna reliquia familiar? Seguramente.



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