Empujó al felino con el pie.

– Gato afortunado -susurró con acritud-. El gato más afortunado del mundo.

Sophie fue a la cocina y empezó a arreglar los estantes, asegurándose de que las etiquetas de todas las latas miraran hacia delante y estuvieran alineadas por tamaños y ordenadas por grupos, de manera que una lata de aceitunas estuviese junto a una lata de sopa de tomate. Cuando todo esto estuvo correctamente colocado, hizo lo mismo con los productos perecederos, imponiendo una precisión militar en el frigorífico. Lo último que inspeccionó fue un filete de platija que había pensado asar para cenar, pero ya no tenía apetito. Por un momento dudó, por miedo a que el pescado se pasase.

Decidió que podría cocinarlo por la mañana y tenerlo listo para el almuerzo.

El gato la había seguido y maullaba. Aquello la irritó.

– Está bien. Vale. Ya voy.

Abrió una lata de comida para gatos. Manipular el abridor le costaba porque hacer fuerza le provocaba punzadas de dolor en la mano. Se dijo que por la mañana bajaría al almacén y compraría un abrelatas eléctrico. Puso la comida al gato y lo dejó comiendo.

Ya en el dormitorio, se quedó mirando fijamente el retrato de su marido.

– Deberías estar aquí. No tenías ningún derecho a dejarme sola -le reprochó.

Regresó a la salita y se sentó de nuevo. Se sentía como si los momentos previos a una tormenta la hubiesen sorprendido en la calle, como si las impetuosas y ásperas ráfagas de viento la lacerasen a través de la húmeda quietud, asaltándola sin piedad.

– Estoy cansada. Me tomaré una píldora y me iré a la cama -dijo en voz alta.

Pero en cambio fue pesadamente hasta la cocina, cogió el teléfono y marcó el número de su hijo en Long Island. Lo dejó sonar una vez y colgó. En realidad no quería hablar con su único hijo. «No hará más que insistir de nuevo en que me mude a alguna residencia de ancianos llena de desconocidos -se dijo-. Ésta es mi casa y aquí me quedaré.»



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