
La cucaracha, captando una vaharada de jabón, reconoció que estaba en peligro y huyó a toda prisa por la encimera mientras el anciano intentaba con desgana aplastarla con la esponja.
– Muy bien. Puedes correr cuanto quieras pero no puedes esconderte.
Se agachó bajo el fregadero y encontró un bote de insecticida, que agitó antes de rociar la zona por donde la cucaracha había desaparecido.
– Sospecho que pronto nos reuniremos, bicho.
Recordó que los antiguos vikingos solían matar a un perro y lo colocaban a los pies del hombre que iba a ser enterrado; pensaban que así el guerrero tendría un compañero en el camino al Valhalla, y qué mejor camarada que un perro fiel, que seguramente ignoraría el hecho de que su vida había sido segada por una costumbre bárbara. «Así pues -pensó-, si yo tuviera perro, tendría que matarlo primero, pero no lo tengo y tampoco lo haría si lo tuviera, por lo que mi compañero de viaje será una cucaracha.»
Rió para sus adentros, preguntándose de qué hablarían él y la cucaracha, y sospechó que, en cierta extraña manera, sus vidas no habían sido tan distintas, ambos dedicados a husmear en los restos que dejaba la vida cotidiana. Dejó el fregadero completamente limpio haciendo una última floritura, colocó la esponja en un rincón y recogió la pistola y el papel. Regresó al modesto salón del pequeño apartamento. Se sentó en un raído sofá y depositó el revólver en una mesilla auxiliar delante de él. Luego cogió el papel y el bolígrafo y, tras pensar un momento, escribió:
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Esto me lo he hecho yo.
Soy viejo y estoy cansado. Hace años que no hago nada útil. No creo que el mundo me eche demasiado de menos.
«Bien -se dijo-, eso es cierto, pero el mundo parece que se las apaña bastante bien sin importarle quién muere; por lo tanto, en realidad no has dicho nada.» Se dio unos golpecitos en los dientes con la punta del bolígrafo.
