
Raaas–taca–bum. Tanto va el cántaro a la fuente. Cling–clang. La primera granada que nos acertó de lleno hizo un agujero en el ala izquierda de la formación y convirtió en casquería surtida al sargento Peláez y a dos fulanos de su pelotón. Pobre sargento. Todo aquel largo camino, de Écija a Dinamarca por la antigua ruta de los Tercios, y la encerrona de Seelandia, y el campo de prisioneros, y Europa a pinrel para terminar palmando frente a Sbodonovo como un idiota, con el Enano y sus mariscales allá atrás en la colina, mirándote por el catalejo. En julio de 1808, cuando el primer motín de la División del Norte contra las tropas francesas–hasta ese momento aliadas-, fue Peláez quien le voló el cerebro de un pistoletazo al comandante Dufour, el gabacho adjunto, que era un perfecto cantamañanas. Habían llegado órdenes de Bernadotte y Pontecorvo para que los 15.000 españoles destacados en Dinamarca jurásemos lealtad a Pepe Botella, es decir, José Bonaparte, hermano del Petit Cabrón, y varios de los regimientos dijimos que ni hasta arriba de jumilla. Que éramos españoles y que los alonsanfán verdes las habían segado. Déjennos volver a España y que cada chucho se lama su propio órgano, mesié, dicho en fino, o sea. Entonces, con la tropa medio amotinada, a Dufour no se le ocurrió otra cosa que darnos el cante con su acento circunflejo:
