
– Gracias a ti y a tus doce ratas. En esa época, la prensa local publicó tus divagaciones.
– Lo recuerdo.
– Y Hubert número dos, el asesino, llamémoslo Omega, había conservado los recortes de periódico a salvo de la mirada de Hubert número uno, el hombre normal, llamémoslo Alfa.
– Hasta que Alfa descubrió los recortes de prensa escondidos por Omega.
– Eso es.
– ¿Dirías que Omega lo quiso así?
– No. Lo que pasa es que Alfa se mudó de casa. Los artículos se le cayeron del armario. Y todo estalló.
– Sin mis ratas -resumió Adamsberg con suavidad-. Sandrin no se habría denunciado. Sin él, no habrías trabajado sobre la disociación. Todos los psiquiatras y los policías de Francia han oído hablar de tus investigaciones.
– Sí -admitió Ariane.
– Me debes una cerveza.
– Sin duda.
– En los muelles del Sena.
– Si quieres.
– Y no les pasas esos dos tipos a los estupas, por supuesto.
– Son los cuerpos los que deciden, Jean-Baptiste, ni tú ni yo.
– La jeringuilla, Ariane. Y la tierra. Vigílame esa tierra. Y confírmame que lo es.
Se levantaron a la vez, como si la frase de Adamsberg hubiera dado la señal de salida. El comisario caminaba por la calle como en un paseo sin rumbo, y la forense trataba de seguir ese ritmo demasiado lento, con el pensamiento ya proyectado hacia las autopsias en espera. La preocupación de Adamsberg se le escapaba.
– Esos cuerpos te preocupan, ¿verdad?
– Sí.
– No sólo por los estupas…
– No, es sólo…
Adamsberg se interrumpió.
– Yo me voy hacia allí, Ariane, nos vemos mañana.
– ¿Es sólo…? -insistió la doctora.
– No te ayudará en tu análisis.
– De todos modos.
– Es sólo una sombra, Ariane, una sombra inclinada sobre ellos, o sobre mí.
Ariane miró a Adamsberg alejarse por la avenida, silueta ondulante insensible a los transeúntes.
